Ella se mojaba los labios, se cohibía entre sus miradas, bajaba la vista, sus nervios la perseguían, el calor del vagón subía por sus caderas y llegaba hasta aquellos delicados pómulos rosados. Era él, allí en un metro cualquiera, mirándola. Ella lo disfrutaba, cualquier cosa como esa la hacía salir de su mundo donde convivía con gente indecisa, sumida en la incertidumbre.
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